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miércoles, 26 de mayo de 2010

charlas sobre activismo intersex a cargo de Mauro Cabral

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Hola a todxs!

Os escribo para invitaros y motivaros a que vengais a las charlas sobre activismo intersex que tendrán lugar los próximos días viernes 28 en la UB-Raval y sábado 29 en el CSO la Gordísima a cargo de Mauro Cabral.

Os adjunto el cartel, y espero encontraros allí!

Os las recomienda mucho, más allá de porque es un tema muy interesante, porque Mauro Cabral es un activista muy potente y sin duda, no nos deja nunca indiferentes.

Nos vemos allí!!!
Un fuerte abrazo...

Mig/quel


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recomendamos la lectura de último libro electrónico de Mauro Cabral, es realmente muy potente:


Anarrés Editorial anuncia la publicación de su libro electrónico Interdicciones. Escrituras de la intersexualidad en castellano.

Editado por Mauro Cabral, este libro reúne artículos, entrevistas, textos periodísticos y una breve guía de actividades, destinada a aproximar las cuestiones intersex a todo tipo de públicos. Participan de esta edición: Eva Alcántara, Paula Machado, Isadora Lins, Luciana Lavigne, Nuria Grégori Flor, Marcelo Silberkasten, Natasha Jimenez, Juan Carlos Jorge, Nerea Miralles, Leonor Silvestri, Alejandra Sardá-Chandiramani (traducciones) y Juan Manuel Burgos (gráfica).

La publicación de Interdicciones surgió como una respuesta posible a cuatro interrogantes:

¿Cómo hablar de intersexualidad desde la perspectiva de los derechos sexuales?

¿Cómo hablar de intersexualidad en castellano?

¿Cómo hablar de intersexualidad?

¿Cómo hablar -en una lengua generizada y dar espacio, al mismo tiempo, a lo que la cuestiona, la traiciona, la estremece?

Interdicciones puede bajarse gratuitamente de la red, a través del link www.mulabi.org/Interdicciones2.pdf

Agradecemos desde ya su difusión.

Anarrés Editorial es un proyecto de Mulabi, el Espacio Latinoamericano de Sexualidades y Derechos


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También éste: http://aloefresa.blogspot.com/2008/08/un-escrito-nocturno.html

lunes, 2 de marzo de 2009

Mauro Cabral edita nuevo libro electrónico

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Anarrés Editorial anuncia la publicación de su libro electrónico Interdicciones. Escrituras de la intersexualidad en castellano.

Editado por Mauro Cabral, este libro reúne artículos, entrevistas, textos periodísticos y una breve guía de actividades, destinada a aproximar las cuestiones intersex a todo tipo de públicos. Participan de esta edición: Eva Alcántara, Paula Machado, Isadora Lins, Luciana Lavigne, Nuria Grégori Flor, Marcelo Silberkasten, Natasha Jimenez, Juan Carlos Jorge, Nerea Miralles, Leonor Silvestri, Alejandra Sardá-Chandiramani (traducciones) y Juan Manuel Burgos (gráfica).

La publicación de Interdicciones surgió como una respuesta posible a cuatro interrogantes:

¿Cómo hablar de intersexualidad desde la perspectiva de los derechos sexuales?

¿Cómo hablar de intersexualidad en castellano?

¿Cómo hablar de intersexualidad?

¿Cómo hablar -en una lengua generizada y dar espacio, al mismo tiempo, a lo que la cuestiona, la traiciona, la estremece?

Interdicciones puede bajarse gratuitamente de la red, a través del link www.mulabi.org/Interdicciones2.pdf

Agradecemos desde ya su difusión.

Anarrés Editorial es un proyecto de Mulabi, el Espacio Latinoamericano de Sexualidades y Derechos




martes, 26 de agosto de 2008

Un escrito nocturno, por Mauro Cabral

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...que alguna véz se ha definido como Activista Intersex


Uno


Hoy fui al médico. Fui al que atiende en una de las sucursales de mi obra social, la que queda más cerca de mi casa.

Llegar hasta su consultorio en el segundo piso fue una odisea.

Antes de pedir turno debía pagar la cuota de enero, pero el importe aumentó el último mes y el efectivo que llevaba conmigo no alcanzaba. Pensé en volver otro día, pero realmente necesitaba ver al médico hoy. Pregunté si podía pagar con la tarjeta de débito, me dijeron que sí, la pasé por la ventanilla, junto con mi documento. El señor del otro lado me preguntó de quién era la afiliación que intentaba pagar. Le respondí: mía. Me preguntó de quién era la tarjeta que intentaba usar: mía. ¿Y el documento? Mío. El señor me respondió que la titular de la cuenta debía venir en persona si pretendía pagar su afiliación, mientras me devolvía ambas cosas a través de la ventanilla. Soy yo, es la mía, le respondí, con el tono de quien dice y no dice la verdad… pero tratando de que sonara más a lo primero que a lo segundo. Soy trans, le dije, y me odié por el dejo de disculpa con el que lo dije. El señor –que a esa altura se había convertido en “el tipo”-me miró fijamente un momento y usó la tarjeta.

El paso siguiente fue pedir turno. Un tipo distinto. La misma historia. ¿Para quién es el turno? Para mí. ¿Y quién es la titular? Yo. Pero, de nuevo… ¿y cuál es el número de legajo, por favor? ¿Y para quién es entonces el turno? Etcétera.

Podría haber sido peor, por supuesto. Podría no haber podido pagar la afiliación ni conseguir el turno. Y no deja de ser gracioso que, pretendiendo pasar todo el tiempo como un tipo, tenga que introducir al menos la idea de que quizás no lo sea para que hasta mi documento funcione. ¿Y cuándo ya no funcione?

El médico me preguntó por qué no descansaba. Le conté que mi cansancio no era sólo laboral. Le conté la aventura que había implicado subir a verlo. El médico me preguntó: ¿y qué te dice tu terapeuta?

Tal cual. Ni más ni menos. Qué me dice mi terapeuta.

Me pregunto (se lo pregunté también a él) si en el supuesto caso de que yo estuviera sentado en una silla de ruedas, y el ascensor no funcionara; si subir a verlo hubiera sido lo difícil que fue, pero esta vez en términos más “materiales”, más “objetivos”, si en ese caso él me hubiera preguntado qué (mierda) me dice mi terapeuta. Y le pregunté también, de paso (y no he dejado de preguntármelo), qué se supone que mi terapeuta podría o debería decirme –de tener a alguien así en mi vida, claro está.

Si la terapia ayuda o no ayuda a convertir la experiencia de ser trans en Córdoba en algo no digo ya disfrutable, sino siquiera soportable, es algo de lo que no voy a ocuparme aquí y ahora. Quizás sí, quizás no. No es el punto.

El punto es que antes de indignarse, antes de compadecerse, antes de bajar corriendo las escaleras para ordenar que nadie maltrate a su paciente ni le complique la consulta, antes de asegurarme que nunca va a volver a pasar, antes de decirme al menos que haría lo posible porque nunca volviera a pasar, antes de putear, de ofenderse, de decir qué mal, qué cagada, qué horror o qué espanto, antes de tratar siquiera de defenderlos, de argüir que la gente no sabe o que la gente no entiende, prefirió preguntarme eso. Qué me dice mi terapeuta, como si el entramado cultural que produce una situación de mierda para alguien debiera ser afrontado individualmente por quien la sufre –con la ayuda, si tiene suerte, de su terapeuta. Porque de ese modo, como el médico me explicó, uno se angustia menos ante esas y otras situaciones, uno las enfrenta mejor y uno, en definitiva, vive mejor. La responsabilidad es de uno, entonces; la responsabilidad de sufrir o la de pasarla bien, la responsabilidad de reconocer la violencia o de dejarla pasar. Todo, en definitiva, depende de uno –y si algo sale mal es uno el único responsable.

Tengo dos problemas con este enfoque de la cuestión (y no tengo terapeuta). Primero: la idea de que la violencia y sus efectos deben ser prioritariamente una cuestión encarada por quienes los sufren (y por aquell*s que puedan brindarles alguna ayuda). Parece sensato, y hasta necesario, pero, de paso, objetiviza la violencia y la deja tal cual está, algo con lo que hay que lidiar individualmente, subjetivamente, frente a la cual las únicas respuestas son las que cada uno puede encontrar. Segundo: la reducción de la cuestión a las alternativas de algo que no es más que un destino individual, como si entre la masculinidad que los tipos en mi obra social aprendieron a encarnar y la mía no existiera conexión alguna, como si entre las pesadillas que me tocan a mí y las que le tocan a tanta otra gente, trans y no trans, esa conexión tampoco existiera. Al preguntar qué dice mi terapeuta el médico también decía que mi malestar no era ni colectivo ni colectivizable, sólo el malestar de uno –esa clase de malestar que no ha de encontrar alivio en el encuentro con tod*s aquell*s otr*s a quienes también molesta.


Dos


Hacia el final de la consulta el médico volvió sobre el tema. Me preguntó por qué no cambiaba el documento y ya. Me preguntó qué era necesario para conseguir el cambio, si la cirugía, o qué.

Le respondí que, en principio, era necesario un diagnóstico diferencial, tal como el de transexualismo verdadero. El médico me miró con incredulidad y me dijo que ¡pero entonces!, me lo hacía el mismo ahí nomás, ¡y listo! (Realmente hubiera fotografiado su cara de asombro, el asombro de quien se da cuenta de golpe que todo era tan sencillo)

Me empecé a reír.

(El médico, a lo mejor es hora de decirlo, es mi amigo y muy buen médico).

Yo le pregunté por qué se imaginaba él que tener mi vida codificada en los términos de un diagnóstico sería algo menos violento que andar por esa misma vida con mi documento. ¿Cómo es eso de que su masculinidad no precisa diagnóstico y la mía sí? ¡Pero a quién se le ocurre! Tan débiles, tan pobrecitos, tan poca cosa, tan solos estamos que la manera de resolver la violencia es volverse uno mismo la encarnación de la ley, la expresión andante de su violencia? ¿La única emancipación posible contra la violencia es repetirla contra uno mismo, llevarla inscripta en un papelito que certifica que uno está de acuerdo con la marcha del mundo y con el lugar que le toca a uno en esa marcha? ¿Y cómo es que un régimen tan individualista de la identidad es necesario adosarle, para que funcione, una descripción normativa que será cualquier cosa, excepto la de uno? ¿Puede haber algo menos individual e individualizante que un diagnóstico? ¿O es que para estar a salvo es entonces preciso dar cuenta primero de la especie y, recién ahí, y con suerte, uno será reconocido y respetado como uno? Y, al mismo tiempo, y en estos casos, ¿puede haber salida más solitaria que la de un diagnóstico?

¿Cómo hemos llegado al punto en el que la gente buena ofrece diagnósticos con las mejores intenciones?

Pero resolvería algunas cosas, dijo él –con esa inexplicable confianza de la gente en la capacidad de transformación que tienen la firma y el sello de un juez. Le expliqué que mi cuerpo y mi documento estarían en cortocircuito cualquiera fuera este último –parezco demasiado un tipo para andar con mi documento actual sin problemas, y lo parezco demasiado poco como para que uno de tipo me sirva. Y es así, y no tiene vuelta (¡¿O es que también debería cambiar el cuerpo para tener menos problemas?!)

Ojo, no es que no sepa o que no me de cuenta: para casi toda la gente la relación perfecta entre el cuerpo y la identificación legal es cuestión de vida o muerte. Lo es también para quienes no vivimos en el contexto de esa relación –y más bien nos morimos. La violencia cotidiana que implica esa “falta de correspondencia” no justifica, sin embargo, considerar a la alineación entre ambos la respuesta, cuando no la única respuesta, a esa violencia. Lo será para todos aquellos que se reconozcan en esa posibilidad, que la reconozcan como propia. Pero ¿y qué hay de todos los que no estamos interesados en esa solución, ni en pagar el precio que se cobra para alcanzarla? ¿Nos merecemos lo que nos toca por empecinarnos en no reducir la “discordancia” del (al menos) dos a la “concordancia” del uno? Ni en joda, m`hjito, ni en joda!

Un abrazo.

Mauro Cabral


Observatorio Internacional “Intersexualidad y Derechos Humanos”
Mulabi – Espacio Latinoamericano de Sexualidades y Derechos
mauro@mulabi.org
micabral@fibertel.com.ar


jueves, 12 de junio de 2008

Entrevista con Mauro Cabral

Por Bruno Bimbi, para Revista Imperio G. (Buenos aires, argentina)


“Los medios hablan de nosotros como personas que necesariamente sufren”



Mauro Cabral colabora como experto en temas de intersexualidad y transgeneridad con el programa latinoamericano de IGLHRC. Licenciado en Historia y doctorando en Filosofía, es una de las personas que más ha estudiado estas cuestiones en nuestro país. Aquí señala mitos y errores en el tratamiento de esta temática en los medios, y desnuda el mundo trans, tanto en la teoría como desde su propia experiencia.

No estoy atrapad* en un cuerpo equivocado, dijo una vez Leslie Feinberg. Sólo estoy atrapad*. Cada vez que una noticia sobre cambio de sexo centellea en los medios, las personas trans revivimos, amplificado, un calvario cotidiano. Basta que un juez decida reconocer a una persona asignada al género femenino al nacer como hombre para que el coro mediático repita: mujer, mujer, mujer. ‘La mujer sería intervenida...’, ‘Por primera vez una mujer...’, hasta la náusea”, escribió Mauro Cabral en un reciente artículo publicado en Las/12, y esas palabras me convencieron de comunicarme con él para esta entrevista.

Como en aquella hermosa obra de teatro de Griselda Gambaro en la que una empleada doméstica es obligada por sus sucesivas patronas a cambiar su nombre (el título de la obra es, justamente, El nombre), el fenómeno trans pone en cuestión nuestras precarias nociones acerca de la identidad -en este caso, de género-.

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miércoles, 23 de abril de 2008

Del la Grace vía buenos aires


Alegría de recibir letras de un amigo muy querido de buenos aires ( besos y amores pa tí richard...). Me ha enviado esta nota de periódico (Página /12. 18 de abril 2008) sobre Del La Grace Volcano, escrita por Mauro Cabral, que aquí os dejo para vuestro deleite textual...


CICATRICES DE LO REAL

Su nombre, su apariencia, su estética; lo que es y lo que produce Del La Grace Volcano es un temblor en el corazón de eso que se percibe como lo real. Una sola de sus imágenes es capaz de derrumbar la tranquilizadora certeza de que en el mundo hay hombres y mujeres y a la vez alumbra otro, el mismo, donde los cuerpos se arrogan su propia belleza.


Por MAURO CABRAL

Lo he pensado y pensado. No hay otro modo de decirlo. Las fotografías de Del La Grace Volcano enloquecen a la gente. Lo sé porque las he mostrado durante años, en todas partes, y he visto cómo la gente las mira, y lo que le ocurre al mirarlas. Al exponerse al poder de esas imágenes la gente, simplemente, enloquece. Lo primero que se les desquicia es la mirada, y luego se les descoyunta el rostro entero. Podría decirse, por ejemplo, que la gente ve y no comprende lo que está viendo. Y que ese no comprender es la locura. Pero no. La locura es que, efectivamente, lo están viendo. Daría lo que fuera necesario dar por saber qué es lo que les pasa debajo de la ropa. Daría lo que fuera por verlo. Y ni que hablar por tocarlo.

Hay quienes creen que su trabajo es, en esencia, una suerte de oficio antropológico. Con eso quieren decir, básicamente, que su obra puede ser reducida a un registro comprometido, bello y audaz, de personas y modos de vida lejanos, ajenos, y tal vez hasta en peligro de extinción. Yo creo, sin embargo, que ni su trabajo como fotógrafo ni el trabajo de sus fotografías en la cultura pueden confundirse con la antropología visual de una realidad enloquecedora. Y es que –debe quedar claro desde un principio– Del no registra esa realidad: la produce. Más aún, la encarna.

Hay que hacer la prueba. Animarse a abrir alguno de sus libros. Atreverse a entrar en su página, a mirar de frente, en la oscuridad o con buena luz, una fotografía tras otra. Quizás, al principio, se instale el reconocimiento de una estrategia cultural y política habitual. Visibiliza. Pone ahí, al alcance de la vista y del tacto, la existencia terrible de un mundo escondido –la belleza desafiante de butches masculinas como ninguna, la extensión impensada de clítoris endurecidos por la testosterona, la espiral identitaria y expresiva de drag kings de todos los tamaños y todos los estilos, el resplandor oscuro del sadomasoquismo, de sus cultores, de sus objetos… Todo está ahí, por supuesto, pero ¿puesto? Nada de eso.

La cámara de Del es una máquina del tiempo. Destroza instantes o, mejor dicho, la realidad como ilusión de un instante. ¿La masculinidad real? Mirá de nuevo. ¿Ese cuerpo, el de una mujer, el de un hombre, el de un ser humano? Mirá de nuevo. ¿Ese hueco, ese dedo, ese anillo, ese aro? Volvé a mirar. Te lo aseguro. En serio, te lo aseguro. Nada, pero nada, que puedas dar por dado y por sentado permanecerá quieto ante tu mirada una vez que te expongas al mundo tal y como él lo mira. Ante tus ojos verás desplegarse –eso también te lo aseguro– las tecnologías que incesantemente fabrican y sostienen la verosimilitud de tus ficciones más reales. Esa a la que llamás cuerpo. Esa, tan querida, a la que llamás la diferencia natural entre los sexos. Y ni que hablar de esa otra –pongámosle un nombre, pongámosle deseo.

Soy un sádico. Me encanta ver a la gente retorcerse, iluminada por el brillo incandescente de sus imágenes. Ver cómo las personas se enfrentan, por ejemplo, a la contundencia feroz del torso hermafrodita que Del retrata en blanco y negro. Y entonces las veo –cualquiera podría verlas– escarbar en la memoria, buscar, buscar… ¿dónde vieron, alguna vez, algo como eso? Y ¿a dónde podrían ir a buscarlo, esa misma tarde, para atrapar entre los dedos algo más que la superficie gozosa, pero plana y distante, de la foto? Las personas se retuercen, por ejemplo, ante las escenas que repiten, una y otra vez, un dilema que angustia y excita: cuerpos con tetas, barba y pijas que parecen artificiales y que sin embargo, al parecer, gozan –y no es que quienes las poseen gocen, es que las pijas, bueno… es lo que parece, ellas, gozan–. Se estrellan, las personas, contra los ejemplos y contraejemplos fotográficos de una masculinidad siempre múltiple y diversa –a un tiempo ridícula, solemne, imposible, difícil de creer cuando más creíble resulta, masculinidad recia o mariconcita, con y sin hormonas, con o sin pinchila, penetrada o sin penetrar, absurda cuando más auténtica, verdadera cuando más prostética.

Y él, claro. Él mismo. Cada autorretrato suyo desarma cualquier pretensión de certeza. Una y otra vez se trasviste de sí mismo, haciendo pasar su cuerpo bajo la lente de los años, de la androginia, de la futurología, de la masculinidad de los hombres y de la de las mujeres, de las conchas vueltas personalidad o vueltas vestido. Del diseña aquello que los y las mortales –jamás hermafroditas– dan en llamar naturaleza. Y hace de ese diseño su carne, su verdad y la del resto, la madre floreciente de todas las verdades, hasta que la siguiente fotografía trace la cicatriz de lo real en otro sitio. Al verlo transformarse, foto tras foto, aquello que se deshace no es, como podría pensarse, la materialidad de su existencia. Lo que se deshace, más bien, es aquella otra ilusión –la de la materialidad indudable del sentido de cualquier existencia.

Escribía Walter Benjamin: “Precisamente porque la autenticidad no es susceptible de que se la reproduzca, determinados procedimientos reproductivos, técnicos por cierto, han permitido al infiltrarse intensamente, diferenciar y graduar la autenticidad misma”. En una cultura enferma hasta la locura de anhelos de autenticidad, donde identidad se impone como el final y el principio, sus fotografías elevan a la carcajada hasta los modos más seriecitos de lo auténtico. Divierten. Emocionan. Confunden. Calientan. Liberan. Contaminan. Contaminan la mirada de quien las mira y, contaminándola, cambian para siempre el mundo en el que comienza a vivir quien ve aún antes de apartar la mirada.
SOY

“Como artista visual accedo a las tecnologías de género para amplificar antes que borrar los trazos hermafroditas de mi cuerpo. Yo me nombro a mí mismo. Un abolicionista del género. Algunas veces, un terrorista del género. Una mutación intencional, un intersex por diseño propio (como oposición explícita al diagnóstico), en busca de distinguir mi viaje de los miles que dibujan otrxs intersex que sufrieron sobre sus ‘ambiguos’ cuerpos mutilaciones y desfiguraciones en un intento erróneo de ‘normalización’. Creo en cruzar la línea tantas veces como sea necesario hasta construir un puente por el que todxs podamos caminar.” Así se define Del La Grace Volcano en su página web: www.dellagracevolcano.com

jueves, 27 de marzo de 2008

Entrevista con Mauro Cabral

“Los medios hablan de nosotros como personas que necesariamente sufren”



Cordobés, transexual, activista, de 34 años, colabora como experto en temas de intersexualidad y transgeneridad con el programa latinoamericano de IGLHRC. Licenciado en Historia y doctorando en Filosofía, es una de las personas que más ha estudiado estas cuestiones en nuestro país. Aquí señala mitos y errores en el tratamiento de esta temática en los medios, y desnuda el mundo trans, tanto en la teoría como desde su propia experiencia.


Por Bruno Bimbi, para Revista Imperio G.

No estoy atrapad* en un cuerpo equivocado, dijo una vez Leslie Feinberg. Sólo estoy atrapad*. Cada vez que una noticia sobre cambio de sexo centellea en los medios, las personas trans revivimos, amplificado, un calvario cotidiano. Basta que un juez decida reconocer a una persona asignada al género femenino al nacer como hombre para que el coro mediático repita: mujer, mujer, mujer. ‘La mujer sería intervenida...’, ‘Por primera vez una mujer...’, hasta la náusea”, escribió Mauro Cabral en un reciente artículo publicado en Las/12, y esas palabras me convencieron de comunicarme con él para esta entrevista.

Como en aquella hermosa obra de teatro de Griselda Gambaro en la que una empleada doméstica es obligada por sus sucesivas patronas a cambiar su nombre (el título de la obra es, justamente, El nombre), el fenómeno trans pone en cuestión nuestras precarias nociones acerca de la identidad -en este caso, de género-.

¿De qué hablamos cuando hablamos de personas trans? Lo que sobreentendemos y lo que suponemos se derrumba con alguna de las respuestas de este joven cordobés, transexual, activista, licenciado en Historia y doctorando en Filosofía, que con su modo de hablar cuidadoso y detallista responde cosas que, para muchos, aún no han llegado siquiera a ser preguntas.
La primera vez que hablamos, escuché en el teléfono la voz de un chico, y estúpidamente me sorprendí. Después se lo confesé: no sé con qué pensaba -desde algún recóndito escondite de prejuicios internalizados- que me iba a encontrar. No estamos exentos de nada, sobre todo de prejuicios, y hay un universo de cosas que desconocemos. Por eso, la conversación con Mauro Cabral es sumamente enriquecedora.

-¿Cómo te llamás?

-Uso varios nombres distintos, para la academia, la escritura, la cama, etc. Pero por lo general, y desde hace más de una década, digo que me llamo Mauro Cabral.

-¿Y cómo dice tu DNI que te llamás?

-El nombre que figura es el que mis padres eligieron.

-¿Por qué?

-Porque es el que la ley reconoce. Cambiarlo exigiría una serie de procedimientos psiquiátricos, quirúrgicos y legales a los que no voy a prestarme, y exigiría decir que “no soy” esa persona, sino que, más bien, “soy” otro. Es decir, sería reconocerme en una concepción de la identidad que me es extraña, puesto que soy la persona de la que mi DNI habla, pero también soy este que soy. Por supuesto, que tu apariencia física contradiga lo que el DNI informa causa innumerables problemas -para hacer trámites, usar la tarjeta de crédito, cruzar una frontera, enfrentar a la policía- pero, al mismo tiempo, da la oportunidad invalorable de contar una historia, de producir un estremecimiento en la lógica de la identidad y su relación con el cuerpo y la expresión de género.

-¿En algún momento sentiste que el nombre que figura en los papeles no hablaba de vos?

- Mi nombre legal, y el nombre que uso cotidianamente forman parte de la misma narrativa biográfica, ambos hablan de mí en tiempos distintos, contextos distintos, relaciones distintas. La idea de que la identidad de las personas reside en su nombre es una idea occidental, vinculada a concepciones en torno a la autenticidad que son extrañas en muchos otros lugares del mundo -hay quienes tienen nombres religiosos, nombres legales y nombres étnicos, por ejemplo-. Me siento más cercano a ese entramado cultural que al sentido de autenticidad de nuestra propia cultura. En algún momento de mi vida sentí que la historia que podía contar de mí precisaba de un cambio en la posición enunciativa, que no tenía que ver con hacer más verdadero el relato, más aproximado a lo que soy, sino con el placer de pronunciar palabras desde cierto lugar, de experimentar la contradicción entre mi nombre y mi apariencia, explorar otros modos de la masculinidad, ser llamado de otro modo. Pero creo que nadie siente del todo que el nombre que figura en los papeles habla de sí, sin fisuras. Me parece que del nombre propio tod*s estamos desplazad*s, sin remedio -y por suerte-. En nuestra cultura la asignación de género y la atribución de un nombre al nacer son instancias decisivas, dramáticas, pero son siempre apuestas, expectativas, esperanzas. Y no hay quien no las contradiga de un modo u otro: desde un principio no somos es* a quien nuestr*s progenitor*s esperaban.

- Contame un poco sobre tu historia...

-Nací y viví toda mi vida en Córdoba. Tengo 34 años, me dedico a la Historia y la Filosofía. Comencé a trabajar en el activismo gltbi hace diez años. Participo de varias movidas poéticas/políticas radicales y, paradójicamente, de un espacio institucional: el Area Trans e Intersex del Programa para América Latina y el Caribe de la Comisión Internacional de Derechos Humanos para Gays y Lesbianas (IGLHRC por su siglas en inglés).
Como la mayoría de las personas intersex en Occidente, fui sometido a procedimientos quirúrgicos no deseados, destinados a “normalizar” la apariencia de mis genitales. Y como la mayor parte de las personas trans, me encuentro atrapado en una ontología genérica binaria, donde mi cuerpo y mi palabra son cuestionados desde lógicas tanto heteronormativas como homonormativas.
Quizás por las experiencias que me ha tocado vivir, mi producción tanto teórica como política se centra en la discusión en torno a nuestro status -epistemológico, ético y político-. Resulta muy difícil encontrar espacios, tanto académicos como políticos, donde las personas trans o intersex podamos articular nuestro propio discurso, sin la mediación constante de “expertos”, sin el constante “hablar de” o “hablar sobre”, en lugar del “hablar con”. Mucho más difícil aún es hallar sitios donde nuestros cuerpos, sexualidades y géneros sean celebrados. No “aceptados”, “tolerados”, “defendidos” o “apoyados”. No hablo ni de solidaridad, ni de comprensión, ni de ayuda, sino de celebración. Por lo tanto, gran parte del trabajo que comparto con otros activistas -como Joaquín Ibarburu, Ariel Rojman, Marlene Wayar, Maximiliano Haedo, Joaquín Insausti, Dawson Horwitz, Lohana Berkins, entre otros- pasa por la fiesta, por el celebrar justamente aquello que parece culturalmente imposible celebrar: eso que somos.

-Siempre que se hacen públicos casos de operaciones de cambio de sexo, los medios hablan de “un hombre que quiere ser mujer” o “una mujer que quiere ser hombre”. ¿Sos una mujer que quiere ser hombre o simplemente un hombre?

-Ninguna de las dos cosas. No tengo la menor idea de lo que puede querer decir “simplemente un hombre” (ninguna identidad es simple), ni estoy seguro de lo que significaría ser “una mujer que quiere…”. De lo que estoy absolutamente seguro es de que no quiero ser un hombre, cualquier cosa que eso signifique. Soy una persona que se reconoce a sí misma en cierta narrativa intersex y cierta narrativa trans, con las reservas del caso (es decir, sabiendo que cada vida individual contradice irremisiblemente, en cierto punto, los estereotipos que sustenta cada narrativa generalizada). Me ubico a mí mismo en una de las muchas posibilidades del género masculino, sin que eso implique intentar fundir mi experiencia en las masculinidades de los hombres, ni transformar mi cuerpo en el cuerpo de un hombre. Hay varias maneras de inscribir esa posición -es por eso que me puedo presentar como un hombre trans, un hombre intersex…- pero creo que “un tipo” es la que me gusta más.
Uno de los problemas más arduos que enfrentamos las personas trans es la permanente codificación de nuestra experiencia en términos estrechos. Si no te movés de mujer a hombre o de hombre a mujer, daría la impresión que te caés fuera de la inteligibilidad del relato. Y esto no tiene como única consecuencia la incapacidad general para imaginar historias trans o intersex no reducidas al “sos esto, querés ser esto otro”, sino también el panorama axiológico que nos rodea. Si todo se reduce a ser una cosa y querer ser la otra, los dispositivos que reifican el binario de género, las instancias biotecnológicas que regulan y controlan nuestra existencia son considerados aspectos necesarios y hasta beneficiosos. Esto es llamativo en el caso de la demanda de esterilización: como los hombres trans somos reducidos a la convicción de ser hombres o al deseo de serlo, y todo el mundo sabe o cree saber lo que un hombre es (y lo que debe ser), y los hombres no dan a luz (ni deben hacerlo), los hombres trans deben probarle a la Justicia que son estériles si desean ser reconocidos como hombres. Porque además tampoco parece pensable la existencia de hombres trans que tienen sexo con hombres. Por ello, parte de nuestro desafío es ampliar la inteligibilidad, para que otros relatos puedan ser hablados y escuchados.

- Es interesante esa diferencia entre el ser y el querer ser: ¿hasta dónde es válido el discurso del tránsito entre una cosa y la otra que necesariamente pasa por el quirófano, como si las personas trans sólo pudieran ser hombres o mujeres después de operarse? ¿Y antes qué eran?

-La transgeneridad es un universo amplio y complejo, que incluye narrativas a veces muy diferentes entre sí. Por identidad de género se entiende el sentido que cada cual tiene de sí mism* en términos generizados, es decir su sentido interior de ser o de reconocerse como travesti, mujer, hombre, dos espíritus, intersex, trans, etc. Por lo general, los Estados reconocen sólo dos identidades de género posibles (hombre o mujer), una ficción jurídica destinada a producir y administrar un cierto orden del mundo que no debe confundirse con la multiplicidad de experiencias del género, a riesgo de eliminar de nuestra consideración todo aquello que no tiene estatus legal. Muchas personas que se identifican de un modo diferente al que se les asignó al nacer sienten que estarían más cómodas, serían más felices, podrían expresarse mejor a sí mismas, disfrutarían más de su cuerpo y de su sexualidad, si pudieran acceder a ciertas tecnologías de modificación corporal. Como en todos los casos, aquí también hay diversas razones y discursos: hay quienes hablan de “convertirse en”, hay quienes hablan de “adecuarse a”, hay quienes hablan de “disfrutar más así”, hay quienes dicen “porque lo deseo y punto”. Todos esos discursos me parecen válidos a nivel de la experiencia personal (que es, en última instancia, el único nivel en el que adquieren sentido pleno), aunque considero que sus efectos éticos y políticos, así como sus supuestos metafísicos y epistemológicos deben ser debatidos.
Las personas trans no somos una especie, esa idea existe sólo en el afán taxomomizador de la biomedicina y el derecho. Saber qué eran antes y qué son después de la cirugía es algo que depende exclusivamente de la narrativa biográfica de cada uno.

-¿Qué sentís cuando los diarios informan sobre una mujer trans que logró usar en su documento una foto real que la muestra como es, pero el título de la nota habla de él, negando lo que la misma noticia está informando?

-Siento que se reproducen concepciones reduccionistas de la subjetividad, donde la asignación de género en el momento de nacer, la inscripción de los sujetos en el orden de la ley y la codificación bioanatómica de nuestra existencia son consideradas verdades atemporales, frente a las cuales ni el sujeto, ni su palabra, ni su deseo pueden ser reconocidos y respetados. No entiendo bien en qué consiste el beneficio de perseverar en la estupidez, en la ignorancia y en la crueldad, pero yo no vendo diarios.
Por otra parte, yo no creo en la distinción entre fotos reales e irreales. Si me obligaran a salir en una foto con el pelo largo, por ejemplo, sin duda se trataría de mí y de mi situación real: la de ser una persona cuya expresión de género no es respetada. Debemos explorar otros vocabularios, y deshacernos de la carga de realidad y de autenticidad que vincula el goce pleno de los derechos humanos al ser “verdaderamente” alguien o algo. ¿Por qué mis derechos están atados a la prueba de la autenticidad? ¿Soy más auténticamente un hombre si uso el pelo corto o me gusta jugar al fútbol?
Se trata de visibilizar cuál es del destino de aquell*s que contradicen la autenticidad debida, si son atrapad*s dentro de una nueva autenticidad (el “transexualismo verdadero”, por ejemplo), o equiparad*s a lo falso (como ocurre con las travestis) o a lo inarticulable (como los “genitales ambiguos”), y cuáles son las consecuencias de estar en el exterior constitutivo de lo auténtico.

-¿Qué papel juega ese uso del lenguaje en los medios?

-Los medios juegan, por lo general, un papel atroz, en tanto reproducen, incluso cuando intentan ser progres, los mismos argumentos que transforman la vida de las personas trans en un infierno. Eso no ocurre sólo cuando presentan a una mujer trans como “un hombre”, sino también cuando reducen la experiencia trans a la lógica del caso, cuando afirman la existencia del transexualismo como una entidad objetiva, ahistórica, cuando dan por sentado que toda persona trans sufre, cuando encuentran perfectamente lógico que la Justicia demande cirugías a cambio de reconocimiento de la identidad de género, etc. Algo similar ocurre con los medios gltbi, así como con los informes elaborados por muchos grupos gltbi, donde, por ejemplo, se coloca por lo general el nombre legal entre paréntesis, luego del nombre trans de una persona de cuyo asesinato se informa. ¿Qué es lo que se dice sobre la verdad, la ley y nuestras concepciones acerca del cuerpo y de la identidad? ¿Qué valoramos? Los medios tienen, a mí entender, un papel que han renunciado a ejercer: su contribución a la formación de una opinión pública crítica. En relación con las cuestiones trans, han perdido una y otra vez la oportunidad de introducir nuevos modos de pensar e intervenir en la realidad, siquiera como preguntas. Yo no creo en la corrección política, y valoro la diversidad de posiciones. Pero los medios cierran el acceso a todo discurso no homogenizado, a toda perspectiva heterodoxa sobre éstas y otras cuestiones.

-Hablemos de legislación y de los reclamos del movimiento trans respecto a las leyes que deberían cambiarse…

-En la Argentina no hay una ley de transexualidad. La ley 17 132, que regula el ejercicio de la medicina, prohíbe la realización de cirugías que asociaríamos con cambio de sexo. Lo mismo ocurre con el Código Penal. Ambas instancias reconocen que las cirugías pueden realizarse, siempre que se cuente con autorización judicial, lo cual coloca a la persona trans una y otra vez a merced del arbitrio de un juez. Una revisión por las sentencias argentinas pone en evidencia lo atada que está nuestra Justicia a los estereotipos de género. Los fallos han sido crecientemente favorables, pero lo que a mí me preocupa es el modo en el que esos fallos vinculan el derecho al reconocimiento legal de la identidad de género al “transexualismo verdadero”, es decir, a una comprobación de patología que es, en última instancia, una comprobación del sufrimiento. No es posible cambiar el nombre y el género por placer, por deseo, por bienestar. Al mismo tiempo, esas mismas sentencias vinculan necesariamente el reconocimiento de la identidad de género con formas estereotipadas de la expresión de género (hombres masculinos y mujeres femeninas), de la sexualidad (tod*s heterosexuales), y también de la morfología corporal. Es decir, la Justicia es un dispositivo a través del cual se reinstituyen, una y otra vez, relaciones necesarias entre el cuerpo y la identidad, algo que la transgeneridad viene poniendo en cuestión desde hace más de 30 años. Sin embargo, seguimos siendo interpretad*s y representad*s por expert*s